Tesis de grado — Licenciatura en Psicología — Universidad de Buenos Aires

Necesidad lógica
y estatuto del
objeto a
en la enseñanza
de Lacan

La operación del significante sobre lo real produce dos efectos inseparables: un sujeto dividido y un resto que no se simboliza. El objeto a es la escritura de ese resto. No un resto que se pierde: un resto que causa.

AutorSantiago Pedro Gola
TutorEduardo Urbaj
Entrega2026
Bajar
El argumento en una figura

De la pérdida estructural a la caída del analista

Una sola lógica recorre la tesis: algo se pierde, y esa pérdida vuelve como causa. La misma operación se repite en cada nivel — hasta alcanzar al dispositivo analítico mismo, donde el analista cae a su vez como resto.

PÉRDIDA CORTE ESTATUTO Cap. 1 das Ding Cap. 2 — la operación alienación / separación Cap. 3 — el estatuto resto que causa a EL RESTO QUE CAE Y NO DEJA DE OPERAR Cap. 4 — el analista semblante del objeto Conclusiones qué escribe (a)
Índice

El recorrido

El recorrido va de los antecedentes freudianos a la posición del analista en la cura. Cada entrada abre la sección correspondiente.

Anexo visual

La topología del corte

Lacan no usa el cross-cap como ilustración. Lo usa porque la superficie demuestra lo que la palabra sólo puede decir: que hay un objeto que cae del corte y que no tiene imagen especular.

Facultad de Psicología · Universidad de Buenos Aires
Santiago Pedro Gola · 2026
Preliminar§

Introducción

La presente tesis se propone investigar la necesidad lógica que conduce a Jacques Lacan a postular el objeto a y, a partir de allí, esbozar su estatuto a lo largo de su enseñanza. Las preguntas que organizan el recorrido son: ¿qué necesidad lógica lleva a Lacan a la construcción del objeto a?, ¿y cuál es su estatuto?

La respuesta que se intentará sostener es que el objeto a es la escritura de un resto: no un resto que se pierde, sino un resto que opera, que causa, aquello alrededor de lo cual el deseo se organiza sin poder alcanzarlo jamás. En este sentido, el objeto a es la manera que tiene Lacan de escribir los bordes de la Cosa freudiana, das Ding, ese núcleo extranjero, oscuro, irrepresentable, frente a lo cual el sujeto se defiende y al cual, sin embargo, no puede dejar de aproximarse.

Freud había advertido que el deseo no se orienta hacia un objeto en el sentido de una meta alcanzable, sino hacia algo estructuralmente perdido. La introducción del significante en el mundo borra el instinto, la idea de un objeto natural. Lacan formaliza esta intuición a partir de una teoría del sujeto sostenida por la lógica del significante: el significante no simplemente representa, funda el vacío. Al inscribirse en lo real, produce simultáneamente al sujeto y su falta, al deseo y su causa.

Corpus Del Seminario VII (1959-60) al Seminario XIV (1966-67), con la Proposición del 9 de octubre de 1967 como cierre clínico.

Para abordar este problema, el presente trabajo se concentrará en el período comprendido entre el Seminario VII (La ética del psicoanálisis, 1959-1960), donde Lacan retoma y relee el concepto freudiano de das Ding como antecedente necesario, y el Seminario XIV (La lógica del fantasma, 1966-1967), donde el objeto a adquiere su formalización más rigurosa. Se privilegiarán también el Seminario X (La angustia, 1962-1963), donde el objeto a es introducido con mayor sistematicidad, y el Seminario XI (Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964), junto con la Proposición del 9 de octubre de 1967, en la que Lacan articula las consecuencias clínicas del concepto.

El recorrido se organiza en cuatro momentos. En primer lugar, se reconstruirá la herencia freudiana que hace necesaria la postulación del objeto a: la pulsión, das Ding y el problema del deseo para Freud. En segundo lugar, se situarán los mecanismos de constitución subjetiva y el resto que la operación del significante produce en lo real, a partir de las operaciones de alienación y separación. En tercer lugar, se precisará el estatuto del objeto a como resto de esa operación y causa del deseo, situando su condición de objeto cesible y su función de borde. En cuarto lugar, se examinarán las consecuencias del concepto para la praxis analítica y su relación con la transferencia, especialmente a partir de la proposición lacaniana de que «el a, en el camino trazado por el análisis, es el analista».

Esta tesis no pretende cerrar el concepto, gesto que sería contrario a su propia lógica, sino bordear su necesidad, reconstruir su elaboración y ensayar una respuesta sobre qué escribe Lacan cuando escribe (a).

Preliminar§

Metodología

La presente investigación se inscribe en un enfoque cualitativo, de carácter descriptivo y exploratorio. Se trata de una investigación teórica de tipo documental, cuya estrategia metodológica consistió en el relevamiento, selección, sistematización y análisis de fuentes bibliográficas primarias y secundarias vinculadas con el problema de investigación.

El corpus principal estuvo constituido por los textos de Sigmund Freud detallados en el marco teórico y por los Seminarios de Jacques Lacan comprendidos entre el Seminario VII (La ética del psicoanálisis, 1959-1960) y el Seminario XIV (La lógica del fantasma, 1966-1967), período en el que se desarrolla la elaboración del objeto a, junto con la Proposición del 9 de octubre de 1967. Asimismo, se incorporaron autores contemporáneos que abordan esta problemática, con el propósito de establecer un diálogo con la hipótesis propuesta y situar el estado actual de la discusión.

Criterio Más que una reconstrucción cronológica de la enseñanza, una reconstrucción lógica: la secuencia que hace necesaria la letra.

El análisis se orientó a reconstruir la secuencia lógica de elaboración del concepto de objeto a, identificando las articulaciones entre las nociones de pulsión, das Ding, constitución subjetiva, alienación, separación, deseo, fantasma y posición del analista. Más que realizar una reconstrucción cronológica de la enseñanza de Lacan, el trabajo privilegia una reconstrucción lógica que permita fundamentar la necesidad de la introducción del objeto a y precisar su estatuto en la teoría psicoanalítica.

La selección del material bibliográfico estuvo determinada por su pertinencia respecto de la pregunta de investigación y de la hipótesis formulada, privilegiando aquellos textos en los que el concepto de objeto a encuentra su elaboración y formalización. Cabe señalar, por último, que las referencias topológicas que Lacan introduce a propósito del objeto a fueron tomadas en este trabajo en su valor ilustrativo, sin desarrollar el estatuto demostrativo que tienen en su enseñanza.

Preliminar§

Marco teórico

El presente trabajo se enmarca en la teoría psicoanalítica, tomando como referencia principal la enseñanza de Jacques Lacan. Para plantear lo que ubicamos como los antecedentes del objeto a, se partirá sin embargo de la obra de Sigmund Freud, en especial el Proyecto de psicología para neurólogos, Tres ensayos de teoría sexual, Pulsiones y destinos de pulsión, Más allá del principio de placer y Análisis terminable e interminable, junto con la relectura que Lacan realiza del das Ding freudiano en el Seminario VII.

Para fundamentar los mecanismos de constitución subjetiva y el resto que la operación del significante produce en lo real, se recurrió al Seminario IX, donde Lacan sitúa la identificación al rasgo unario; al Seminario X, del que se retoma el esquema de la división subjetiva; y a los Seminarios XI y XIV, donde se trabajaron las operaciones de alienación y separación.

Para situar el estatuto del objeto a se utilizaron principalmente los Seminarios X y XIV, junto con el Seminario VI para precisar la noción de ser, y el Seminario XI para las observaciones freudianas del juego del Fort-Da y su lectura del objeto como resto cesible. Finalmente, para examinar las consecuencias del estatuto del objeto a para la posición del analista en la cura, se recurrió a los Seminarios X, XI y XIV y a la Proposición del 9 de octubre de 1967.

Se incorporan además los desarrollos de Laznik y Lubián (2009) sobre la separación y el desamparo, y los de Lerner (2017) y Allouch (2000), consignados en el estado del arte.

Preliminar§

Estado del arte

Los desarrollos de Eva Lerner (2017) en El objeto a: doblez del sujeto nos permiten darle una apoyatura clínica a la presente tesis. La autora sitúa el objeto a como «punto de torsión» (p. 20) entre la teoría freudiana y la lacaniana, y despliega sus consecuencias para la dirección de la cura: la dificultad de operar allí donde el significante no acude a la cita y el goce se muestra en la repetición (p. 34), ante la cual el analista opera como semblante del objeto (p. 36). Su lectura, que procede «de adelante hacia atrás», desde la experiencia clínica hacia la estructura, converge con este trabajo en dos puntos decisivos: el objeto a como producto de la división subjetiva (p. 37), y la pregunta por el cuerpo del que el objeto se recorta (p. 35). Allí donde Lerner despliega las consecuencias clínicas de este estatuto, la presente tesis reconstruye su producción lógica.

Me cayó el veinte La moneda del teléfono público cae cuando la comunicación se corta. Nadie la hace caer. Y cae al final — pero lo que se pierde estaba perdido desde que se empezó a hablar.

Si Lerner lee el objeto a desde la experiencia de la cura, Allouch (2000) lo hace desde la historia de la enseñanza de Lacan: reconstruye lo que califica como la «invención» del objeto a. Elige para presentarlo una expresión coloquial cuya gramática realiza lo que nombra: «me cayó el veinte» o como nosotros la conocemos «me cayó la ficha», dicho proveniente de los teléfonos públicos, donde la moneda caía al cortarse la comunicación. Se trata de una acción en la que no cabe pensar un agente, ligada no a una ganancia sino a una pérdida, y que se sitúa al cierre del acto de habla, como conclusión y no como pregunta: «desde el momento en que comienza la conversación, se terminó, se perdió» (Allouch, 2000, pp. 9-10). Ese objeto perdido al comienzo, en el instante en que la palabra se entabla, lo es también al final: tal es el objeto a de Lacan, un objeto perdido de entrada para el cual toda palabra que se cierra realiza su pérdida, temporalidad que converge con la pérdida estructural que esta tesis funda desde sus antecedentes freudianos.

Allouch sitúa asimismo dos crisis que hacen a la invención: la ambigüedad del término «otro» en las fórmulas de la división subjetiva, que designaba unas veces el resto de la división y otras la imagen especular, y la imposibilidad de distinguir el pequeño del gran Otro. Ambas encuentran su corte el 9 de enero de 1963, en pleno Seminario X, cuando el a como objeto deja de tener relación alguna con el otro del espejo: corte entre la significación de la letra en su remisión al otro especular, y su función de designación del objeto no especularizable. La presente tesis reconstruye ese corte en su necesidad lógica: lo que Allouch fecha como acontecimiento de la enseñanza de Lacan, este trabajo lo formaliza como producto de las operaciones de constitución subjetiva y de la estructura de borde que hace del objeto lo no especularizable por estructura.

De este recorrido se desprende el lugar del presente trabajo. Lerner despliega las consecuencias clínicas del objeto a ya constituido, desde la experiencia de la cura hacia la estructura; Allouch reconstruye la historia de su invención, fechando el corte que lo separa de toda captura especular. Queda pendiente, entre ambas lecturas, la reconstrucción sistemática de la producción lógica del concepto: el recorrido que va de los antecedentes freudianos, la pérdida estructural que la vivencia de satisfacción inaugura y el vacío que das Ding nombra, a su formalización como resto de las operaciones de constitución subjetiva y causa del deseo. Esa reconstrucción es la que esta tesis se propone.

Preliminar§

Hipótesis de trabajo

La necesidad lógica que conduce a Lacan a postular el objeto a es la siguiente: la operación del significante sobre lo real, que adviene en el encuentro con el Otro, produce dos efectos simultáneos e inseparables. Por un lado, un sujeto dividido, representado por el significante. Por otro, un resto que cae en el borde de ese encuentro y que no se simboliza.

El objeto a es la escritura de ese resto: Lacan necesita una letra para dar cuenta de cómo ese resto opera como causa del deseo. Su estatuto no es el de un objeto-meta sino el de un resto-causa: no aquello que el deseo busca, sino lo que causa la búsqueda. En este sentido, (a) es la letra con la que Lacan escribe los bordes de das Ding.

Preliminar§

Objetivos

GeneralInvestigar la necesidad lógica

Investigar la necesidad lógica que conduce a Jacques Lacan a postular el objeto a y esbozar su estatuto a partir del desarrollo de su enseñanza.

ParticularesCuatro pasos

Uno. Reconstruir los antecedentes freudianos —la pulsión, das Ding y el problema del deseo— que hacen necesaria la postulación del objeto a en la enseñanza de Lacan.

Dos. Analizar la operación del significante sobre lo real como fundamento lógico del objeto a, a partir de las nociones de sujeto dividido, alienación y separación.

Tres. Precisar el estatuto del objeto a como resto de la operación significante y causa de deseo, situando su condición de objeto cesible y su función de soporte del sujeto en el fantasma.

Cuatro. Examinar las consecuencias del estatuto del objeto a para la posición del analista en la cura, a partir de la proposición lacaniana de que el a es el analista.

Fin de los preliminares
Capítulo 1das Ding

Antecedentes del objeto a

Antes de que haya letra hay pérdida. Este capítulo reconstruye, en Freud, la pérdida que hace falta para que la letra sea necesaria.

1.1El deseo freudiano y la experiencia de satisfacción

Cuando el niño llega al mundo se encuentra en un estado de desvalimiento y necesidad. Es a partir del Otro que lo alimenta, que le habla, que lo nombra, que lo mira, que puede procurarse las satisfacciones necesarias. Al surgir en el aparato el apremio de vida, Not des Lebens, se eleva la energía, imponiendo una exigencia de satisfacción. El cachorro humano buscará responder a esa exigencia mediante una acción específica que su estado de desvalimiento le impide realizar por sí mismo. Por ello, la satisfacción toma necesariamente un rodeo: el grito, el llamado al Otro, que es quien se encargará de realizar la acción específica para cancelar el estímulo.

Una vez satisfecha la necesidad, esa experiencia deja en el aparato psíquico lo que Sigmund Freud (1895) denomina en el Proyecto de psicología una vivencia de satisfacción, resultado de una descarga duradera del estímulo endógeno. En este proceso, un objeto queda particularmente investido, estableciéndose lo que Freud llama facilitaciones: enlaces entre dos imágenes-recuerdo, la de la acción específica que permitió la descarga y la del encuentro con el objeto. Con el resurgimiento del estado de deseo, la energía psíquica recorre estos caminos facilitados y reanima ambas huellas. La imagen-recuerdo del objeto es alcanzada primero por la reanimación del deseo, produciendo un efecto equivalente al de la percepción: una alucinación.

Del estado de deseo se sigue así una atracción hacia el objeto del deseo, mientras que de la vivencia de dolor resulta una repulsión, una tendencia a desinvestir la imagen mnémica hostil. Sin embargo, cuando el estado de deseo reinviste la imagen del objeto y promueve la descarga, la satisfacción no se produce, ya que el objeto no está presente en la realidad sino únicamente como representación. El aparato se ve entonces confrontado con el fracaso de la alucinación para producir una satisfacción efectiva.

Esta imposibilidad introduce la necesidad de un criterio que permita distinguir entre percepción y representación, criterio que es provisto por el sistema percepción–conciencia. A partir de este punto, el aparato ya no se orienta por la satisfacción alucinatoria, sino por las condiciones que posibiliten una satisfacción en la realidad.

El punto de partida Toda la tesis se apoya acá: la pérdida no es un accidente biográfico. Es la condición misma de que haya deseo.

Es aquí donde Freud funda la teoría del deseo: el sujeto no se dirige simplemente a un objeto, sino que se orienta por las huellas dejadas por la experiencia de satisfacción. Sin embargo, ese encuentro nunca será con el objeto mismo, sino siempre un reencuentro fallido. La vivencia de satisfacción ha dejado una huella que permanece estructuralmente inaccesible como tal. Desde entonces, lo que el sujeto busca no es el objeto, ni siquiera la satisfacción primera en sí misma, sino algo que, en la realidad, pueda venir a ocupar su lugar.

Lo que el deseo busca reencontrar es la marca de ese primer encuentro con el Otro, pero ese encuentro es irrecuperable porque en él el sujeto aún no existía como tal. En esa relación necesaria para la supervivencia con el Otro de los cuidados, el sujeto pierde para siempre el acceso a ese real primordial. Esa pérdida no es accidental ni histórica, es estructural.

1.2La pulsión como concepto límite

Si la pérdida es estructural, es decir, si la vivencia de satisfacción dejó una huella irrecuperable y el deseo es desde entonces búsqueda de un reencuentro imposible, Freud necesita un concepto que dé cuenta de esa fuerza que empuja al aparato a ese encuentro. Ese concepto es la pulsión.

El instinto supone un objeto predeterminado, fijo, capaz de satisfacer la necesidad biológica. En el animal, el objeto está dado por la naturaleza. En el humano, el estado de desvalimiento y la necesidad del Otro para encontrar la satisfacción produce una pérdida de ese objeto, introduce un corte, una hiancia: lo que queda en su lugar es el vacío que la vivencia de satisfacción inauguró. La pulsión es la respuesta del aparato a ese vacío. Freud la define como

un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma,

Freud, 1915 — Pulsiones y destinos de pulsión, p. 117

ubicándola en el límite entre lo somático y lo psíquico. Para describirla, Freud la descompone en cuatro elementos: la fuente, que remite al cuerpo biológico como lugar de origen del estímulo; el esfuerzo, que designa la cantidad de fuerza que la pulsión impone al aparato; la meta, que es la cancelación del estímulo —una satisfacción que sin embargo nunca es completa—; y el objeto. Sobre este último Freud es preciso:

Es lo más variable en la pulsión; no está enlazado originariamente con ella, sino que se le coordina sólo a consecuencia de su aptitud para posibilitar la satisfacción.

Freud, 1915 — Pulsiones y destinos de pulsión, p. 118

El objeto es contingente: cualquier objeto puede servir, siempre que posibilite el movimiento de la pulsión alrededor del vacío. Porque la satisfacción pulsional no está en el objeto sino en ese movimiento, es un ida y vuelta alrededor del vacío. Lo que causa ese movimiento es el intento de reencuentro con aquello que satisfizo la necesidad por primera vez y que, como vimos, está perdido por estructura. Por eso no hay objeto que satisfaga la pulsión de manera definitiva.

1.3Del cuerpo pulsional a la compulsión de repetición

En Tres ensayos de teoría sexual (1905) Freud plantea un cuerpo que se diferencia del cuerpo biológico: mientras este último tendría necesidades que podrían ser colmadas por objetos naturales, como ocurre en el animal, lo que Freud descubre es que por la experiencia o vivencia de satisfacción se produce una estimulación de la zona erógena —«un sector de piel o de mucosa en el que estimulaciones de cierta clase provocan una sensación placentera de determinada cualidad» (Freud, 1905, p. 166)— que permanece investida, convirtiéndose en puntos de placer autoerótico que se independizan de su función biológica. Se produce así lo que Freud llama un apuntalamiento. En este punto surge la pulsión como independiente de la necesidad biológica: el bebé chupa su propio cuerpo por el placer de la zona oral, no para alimentarse. Este cuerpo pulsional se constituye a partir del encuentro con el Otro de los cuidados, que alimenta, habla, mira y acaricia al bebé, produciendo estímulos en el cuerpo que a partir de esa experiencia se mantienen erogenizados.

En Más allá del principio del placer (1920), Freud sitúa que hasta ese momento se pensaba que la función que dominaba el aparato psíquico era el principio del placer como modo de buscar la homeostasis, de disminuir la tensión displacentera, con una evitación del displacer o con la producción de placer que cancele esa tensión. Pero sin embargo descubre que hay en el aparato otras fuerzas o constelaciones que la contrarían. Freud se topará con fenómenos clínicos que no pueden explicarse solo por este principio. Descubre entonces el juego del Fort-Da y el cuadro de las neurosis traumáticas. En estos casos, los sujetos sueñan una y otra vez con repetido displacer la situación traumática, de la cual despiertan con renovado terror. El enfermo parece estar fijado psíquicamente al trauma. Estos fenómenos lo llevan a hallar algo que él llama compulsión de repetición:

la compulsión de repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfacciones.

Freud, 1920 — Más allá del principio de placer, p. 20

Es decir, halla en el aparato psíquico una tendencia que contraría la idea que tiene sobre el principio del placer, una tendencia a hacer actual, a repetir, a escenificar una vivencia displacentera para el sujeto con el fin de intentar ligarla.

Esta compulsión de repetición obliga a Freud a revisar su concepción misma de lo pulsional. A partir de Más allá del principio del placer, la pulsión es redefinida como

un esfuerzo, inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas.

Freud, 1920 — Más allá del principio de placer, p. 36

Esta reformulación implica un desplazamiento respecto de su teoría anterior: lo pulsional ya no se define únicamente por su articulación al principio del placer, sino que revela una inercia más fundamental, orientada a la repetición. En este contexto, la compulsión de repetición pone de manifiesto una dimensión de la vida psíquica que no se deja explicar por la búsqueda de placer ni por la evitación del displacer, sino que responde a la insistencia en la restauración de un estado anterior. Llevada a su límite, esta tendencia remite a un estado previo a la vida misma: lo inorgánico, en tanto condición originaria de lo viviente. Es a partir de esta serie que Freud introduce la hipótesis de la pulsión de muerte, como aquello que empuja a lo viviente más allá del principio del placer y que encuentra en la repetición su modo privilegiado de manifestación.

1.4Das Ding: el núcleo irrepresentable del deseo

En su relectura del Proyecto de psicología freudiano, Lacan descubre algo que Freud dejó apenas esbozado: en la primera aprehensión del mundo por el sujeto, en el encuentro con el Otro significativo (el Nebenmensch) hay algo que no puede ser representado, que queda por fuera de todo significado. En ese semejante como primer objeto hay en el centro un vacío, un agujero, un deseo desconocido incluso para quien lo porta. Es en este punto donde Lacan sitúa lo que denomina das Ding: lo real como lo imposible, el agujero a partir del cual nace la estructura. Alrededor de ese núcleo irrepresentable se constituye y se organiza el deseo.

Lacan describe la división que produce este encuentro con precisión:

El Ding es el elemento que es aislado en el origen por el sujeto, en su experiencia del Nebenmensch, como siendo por naturaleza extranjero, Fremde. El complejo del objeto está en dos partes. Todo lo que en el objeto es cualidad, puede ser formulado como atributo, cae dentro de la carga del sistema Psi y constituye las representaciones (Vorstellungen) primitivas. Das Ding es algo totalmente diferente. Esta es una división original de la experiencia de la realidad.

Lacan, 1959-60 — Seminario VII, p. 69
El complejo del semejante se divide en dos: lo que puede formularse como atributo, y lo que queda por fuera de todo significado.

Lo que puede ser reconocido, nombrado, representado cae del lado de las Vorstellungen. Pero das Ding es otra cosa, es «originalmente lo que llamaremos el fuera-de-significado. En función de ese fuera-de-significado y de una relación patética con él, el sujeto conserva su distancia y se constituye» (Lacan, 1959-60, p. 72). El sujeto no se aproxima a la Cosa: se constituye manteniéndose a distancia de ella.

De ahí la paradoja que organiza toda la teoría del deseo: lo que se busca no puede ser encontrado. «Lo que se trata de encontrar no puede volver a ser encontrado, el objeto está perdido como tal por naturaleza» (Lacan, 1959-60, p. 70). La pérdida no es histórica, no es que el objeto se haya tenido y luego perdido. Es estructural: nunca estuvo disponible como tal. El sujeto busca reencontrar la Cosa pero como mucho reencuentra sus coordenadas de placer, nunca la Cosa misma.

Esto lleva a la formulación más precisa de das Ding en relación al significante: «La Cosa es aquello que de lo real, de lo real primordial, padece del significante» (Lacan, 1959-60, p. 148). Das Ding no preexiste al significante: es producida por él. Es lo real en tanto queda afectado, recortado y excluido por la operación significante.

En la medida en que la estructura significante se interpone entre la percepción y la conciencia, el inconsciente interviene. El principio del placer interviene ya no como Gleichbesetzung (principio de homeostasis) sino como estructura —estructura significante— en tanto concierne a las Bahnungen (facilitaciones). La estructura de la experiencia acumulada yace y queda inscrita allí. A esto Freud nombra Niederschrift.

Lacan, 1959-60 — Seminario VII, p. 68

Das Ding debe ser identificada con el Wiederzufinden, la tendencia a volver a encontrar, que para Freud funda la orientación del sujeto humano hacia el objeto. En esta orientación hacia el objeto, las representaciones se llaman unas a otras según las leyes de una organización de memoria, de un complejo de memoria, de unas facilitaciones, cuyo funcionamiento es regulado por la ley del principio del placer. El principio del placer gobierna la búsqueda del objeto y le impone sus rodeos.

Lacan, 1959-60 — Seminario VII, p. 76

En este punto se vuelve posible establecer el puente con el objeto a: si das Ding nombra ese real en tanto padece del significante, el objeto a designa el resto que dicha operación produce en la estructura, resto que, lejos de colmar la pérdida, la sostiene como causa del deseo.

Fin del capítulo 1
Capítulo 2$ ◇ a

Constitución del sujeto y resto a partir de la operación significante

Dos operaciones, un solo movimiento: allí donde el sujeto adviene representado, algo de su ser cae. La alienación produce la falta; la separación, la pérdida.

2.1El sujeto como efecto del significante

El sujeto no puede auto-engendrarse. Cuando el niño llega al mundo, es a partir del Otro que se engendra como sujeto: es en el encuentro con un Otro que le habla y que lo nombra que esas palabras lo marcan y lo determinan. En este punto, el sujeto adviene alienado a los significantes del Otro, «ha de hacerse reconocer como sujeto» (Lacan, 1958-59, p. 411), en ese campo que lo precede, y no tiene otra vía para ello que tomar del Otro los significantes que habrán de representarlo. Pero en este movimiento algo queda como resto, un real que no puede ser alcanzado por lo simbólico, un punto en el que el sujeto no se reconoce y que, sin embargo, lo determina de la manera más íntima. Es lo que Lacan llamará el objeto a.

El recorrido del capítulo anterior nos permite precisar cómo se produce esa marca. Mostramos allí que el aparato psíquico se constituye alrededor de un vacío, una hiancia que se abre a partir del encuentro con el Otro. En ese complejo del semejante propuesto por Freud se produce en el aparato la inscripción, por un lado, de aquello que del objeto es representable, y por el otro, de algo que queda por fuera de esa inscripción, que no es plausible de representación y se mantiene fuera-de-significado. Lacan relee este funcionamiento del aparato bajo la lógica del significante. La inscripción de las Niederschriften —esa red de facilitaciones y huellas mnémicas— opera manteniendo al aparato a cierta distancia de ese objeto inasimilable que Lacan formalizará como das Ding.

Hasta acá articulamos el funcionamiento del aparato y al inconsciente en función como estructura significante, pero no podemos ubicar aún al sujeto. Para ello es necesario lo que Lacan plantea como la identificación primera con el rasgo unario: la operación significante por la cual surge el sujeto a partir de su identificación al primer significante en el campo del Otro.

No hay aparición concebible de un sujeto en cuanto tal sino a partir de la introducción primera de un significante, y del significante más simple, el que se llama el rasgo unario.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 30
El hueso marcado Cada incisión cuenta una presa. El trazo no se parece a nada: instaura sobre lo real una diferencia pura, y con ella, la posibilidad de que algo cuente como Uno.

El rasgo unario designa la alteridad radical, el primer significante, definido como diferencia absoluta. Es el trazo de estructura más simple, «absolutamente despersonalizado de todo contenido subjetivo, de toda variación que supere ese único trazo, de ese trazo que es Uno por ser el trazo único» (Lacan, 1961-62, clase 2, p. 18); «el signo para siempre suficiente de la notación mínima» (Lacan, 1961-62, clase 3, p. 2). El rasgo unario no constituye una identificación imaginaria, sino que opera como la condición de posibilidad para la existencia misma de la cadena significante. Es la marca primordial que posibilita la inscripción simbólica del sujeto en el campo del Otro; es decir, la identificación al significante en tanto diferencia pura.

Una de las consecuencias fundamentales del rasgo unario es que inaugura la posibilidad misma del conteo. Lacan (1961-62) retoma el ejemplo del hueso paleolítico marcado con incisiones para mostrar que el trazo representa el corte de lo simbólico que instaura sobre lo real una pura diferencia que permite contar. Cada marca cuenta una presa, y en esa repetición se constituye la serie. El rasgo unario introduce así la posibilidad del Uno, es decir, la posibilidad de que algo pueda ser contado como uno.

La inscripción del rasgo unario inaugura simultáneamente el campo del Otro y la división constitutiva del sujeto. Al ser representado por un significante, algo del ser queda necesariamente recortado, excluido de la simbolización. La operación significante produce así un sujeto dividido y un resto irreductible. Lacan lo formula con precisión en el Seminario XI:

Al producirse en el campo del Otro, el significante hace surgir el sujeto de su significación. Pero solo funciona como significante reduciendo al sujeto en instancia a no ser más que un significante, petrificándolo con el mismo movimiento con que lo llama a funcionar, a hablar, como sujeto.

Lacan, 1964 — Seminario XI, p. 215

Esta operación significante implica necesariamente la producción de un resto. Tal como lo presenta Lacan en su esquema de la división subjetiva:

Al principio encuentran ustedes A, el Otro originario como lugar del significante, y S, el sujeto todavía no-existente, que debe situarse como determinado por el significante. Con respecto al Otro, el sujeto que depende de él se inscribe como cociente. Está marcado por ese rasgo unario del significante en el campo del Otro. […] Y hay, en el sentido de la división, un resto, un residuo. Ese resto, ese Otro último, ese irracional, esa prueba y única garantía a fin de cuentas de la alteridad del Otro, es el a.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 36
El esquema de la división subjetiva. El sujeto se inscribe como cociente; el a, como resto.

A partir de esta formulación, Lacan desarrollará en el Seminario XI las operaciones de alienación y separación como operaciones lógicas de la constitución subjetiva.

2.2Alienación y separación: operaciones de constitución subjetiva y resto

En el Seminario XI, Lacan fundamenta la constitución del sujeto a partir de dos operaciones lógicas distintas pero articuladas: la alienación y la separación. La operación de alienación constituye el fundamento de la división del sujeto, permite ubicar en un mismo movimiento el surgimiento del sujeto en el campo del Otro y la pérdida estructural. Lacan la formaliza a través de una operación lógica particular, que se diferencia del «o» excluyente y el «o» inclusivo de la lógica clásica: la llamará el vel de la alienación. Esta operación impone al sujeto una elección forzada: sólo puede surgir como tal en ese significante que lo nombra y al mismo tiempo lo coagula, lo petrifica en el campo del Otro. Es una elección en la cual, sea cual sea la opción, algo se pierde. Tiene que elegir entonces entre el sentido que lo hace existir como sujeto o el ser, que se desvanece en el sin-sentido. Si elige el sentido, sólo subsiste representado por el significante, produciéndose el fading del sujeto, su división, pero cercenado de esa porción de sin-sentido que constituye el inconsciente. Si intenta preservar el ser por fuera de esa captura significante, se produce la afánisis del sujeto, su desaparición. El sujeto experimenta en este movimiento el carácter letal del significante: sólo puede surgir como tal en ese campo de sentido, en el campo del Otro.

Si escogemos el ser, el sujeto desaparece, se nos escapa, cae en el sin-sentido. Si escogemos el sentido, este solo subsiste cercenado de esa porción de sin-sentido que constituye, en la realización del sujeto, el inconsciente.

Lacan, 1964 — Seminario XI, p. 219
El vel alienante: una elección forzada en la que, se elija lo que se elija, algo se pierde.

En su surgimiento en el campo del Otro, el sujeto queda marcado por una falta en ser y sometido a la dependencia de la cadena significante. Allí donde intenta representarse mediante un significante, desaparece su ser, se produce el fading del sujeto, quedando petrificado bajo ese significante en el campo del Otro. Esta operación significante tiene entonces dos efectos: la producción de un sujeto dividido, marcado por la falta en ser, y la caída de un resto, una porción del ser del sujeto que cae en el sin-sentido, alrededor de lo que se constituye el inconsciente.

La pregunta que surge entonces, retomando el planteo de Laznik y Lubián (2009, p. 189), es: ¿cómo ser algo más que tan solo esa marca?

Para responder esta pregunta vamos a tomar aquellas observaciones que Freud (1920) sitúa en Más allá del principio del placer acerca del juego de un niño de un año y medio. En primer lugar dice que este niño tenía el hábito, molesto en ocasiones, de arrojar lejos de sí, a un rincón o debajo de una cama, todos los pequeños objetos que hallaba a su alcance, y al hacerlo profería con expresión de interés y satisfacción un fuerte «o-o-o», que según el juicio de la madre y de Freud significaba Fort (se fue). La segunda de estas observaciones se da un día que el niño tenía un carretel de madera atado con un piolín. Con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por el piolín, por encima de la baranda de su cunita; el carretel desaparecía ahí dentro, el niño pronunciaba su significativo «o-o-o-o» y después, tirando del piolín, volvía a sacar el carretel de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso Da (acá está). Ese era el juego completo: el de desaparecer y volver. Por último, una tercera observación que Freud coloca en el pie de página, la que certifica plenamente la interpretación: un día que la madre había estado ausente muchas horas, fue saludada a su regreso con esta comunicación, «Bebe-o-o-o-o». En un principio esto resultó incomprensible, pero pronto se pudo comprobar que en la soledad el niño había encontrado un medio para hacerse desaparecer a sí mismo: descubrió su imagen en el espejo del vestuario, que llegaba casi hasta el suelo, y luego se hurtó el cuerpo de manera que la imagen del espejo «se fue» (Freud, 1920, p. 15).

Tres tiempos del juego Arrojar los objetos · el carretel con piolín · hacerse desaparecer del espejo. Alienación, separación, y el nivel escópico del objeto.
La separación tiene la forma lógica de la intersección: una falta responde a otra falta, y en ese cruce cae el objeto.

Lo que se repite en el juego no es simplemente la ausencia y el retorno de la madre, sino la puesta en acto de las dos operaciones de constitución subjetiva. En primer lugar, en el uso de esta primera oposición significante, el surgimiento del sujeto representado en la cadena: si «la alienación consiste en ese vel que condena al sujeto a solo aparecer en esa división» (Lacan, 1964, p. 218), podemos ver cómo «los dos fonemas encarnan propiamente los mecanismos de la alienación» (Lacan, 1964, p. 247).

Ahora, la operación de separación es la operación por la cual el sujeto encuentra un margen respecto a la captura significante de la alienación. Es el momento en donde el sujeto se encuentra con la falta en el Otro, con la hiancia, los intervalos de su discurso, que hacen surgir una pregunta fundamental: ¿qué me quiere? Este intervalo que corta los significantes, que forma parte de la propia estructura significante, va a ser el lugar de la metonimia, donde se desliza, se escabulle, el deseo. Para ilustrarlo mediante el fort-da, es el momento en el que el niño fija la mirada en el punto en donde su madre se ausenta, ausencia que introduce la hiancia que hace al niño preguntarse por el deseo del Otro.

Para responder a esta captura, a esta pregunta que suscita la falta en el Otro, el sujeto

responde con la falta antecedente, con su propia desaparición. El primer objeto que propone a ese deseo parental cuyo objeto no conoce, es su propia pérdida. ¿Puede perderme? El fantasma de su muerte, de su desaparición, es el primer objeto que el sujeto tiene para poner en juego en esta dialéctica.

Lacan, 1964 — Seminario XI, p. 222

La forma lógica de la operación de separación es la de la intersección o producto, y surge de la intersección entre dos faltas: frente al enigma del deseo del Otro, el sujeto responde poniendo en juego su propia desaparición, hace un uso activo de su falta en ser que la alienación produjo, sustrayéndose del Otro en un movimiento de rechazo a la coagulación significante, dejando caer en esta intersección un resto separable de sí mismo: el objeto a, objeto causa del deseo. En este sentido, Laznik y Lubián (2009) señalan que esta operación, que produce al sujeto como pérdida y no al sujeto como falta, constituye la verdad de la separación (p. 189). De este modo, una falta viene a responder a otra falta, bajo la forma de la pregunta ¿puedes perderme?, que el sujeto articula en acto en las tres modalidades del juego del niño.

El carrete no es la madre reducida a una pequeña bola, es como un trocito del sujeto que se desprende pero sin dejar de ser bien suyo, pues sigue reteniéndolo. Esto da lugar a decir que el hombre piensa con su objeto. Si el significante es en verdad la primera marca del sujeto, cómo no reconocer en este caso, por el solo hecho de que este juego va acompañado de una de las primeras oposiciones en ser pronunciadas, que en el objeto esta oposición se aplica en acto, en el carrete, en él hemos de designar al sujeto. A este objeto daremos posteriormente su nombre de álgebra lacaniana: el a minúscula.

Lacan, 1964 — Seminario XI, p. 70

2.3Alienación y resto en el Seminario XIV

A la altura del Seminario XIV, La lógica del fantasma, Lacan retoma la operación de alienación, ahora en el registro del cogito cartesiano: la elección forzada ya no se plantea entre el ser y el sentido, sino entre el ser y el pensar. Donde Descartes suelda pensamiento y ser —«pienso, luego soy»— apoyándose en la garantía de un Otro divino, el psicoanálisis parte de la ausencia de esa garantía: el Otro está barrado, «no hay en el Otro ningún significante que pueda responder por lo que soy» (Lacan, 1958-1959, p. 332), lo que Lacan escribe S(Ⱥ). La conjunción cartesiana se vuelve así insostenible, y el vel alienante la subvierte en una disyunción: o no pienso, o no soy. Si el sujeto sólo puede advenir como pensamiento, lo hace desde el lugar del Otro, al precio de una pérdida de su ser: allí donde piensa, no es.

La pregunta que se impone entonces es: ¿qué sucede con ese ser que el sujeto pierde al advenir en el campo del Otro? Lacan responde con una formulación decisiva:

Si algo llamado el ser del hombre ha sido en verdad rechazado a partir de cierta fecha, lo vemos aparecer en lo real y bajo una forma completamente clara.

Lacan, 1966-67 — Seminario XIV, p. 100

El ser rechazado del hombre reaparece en lo real bajo la forma de una escoria, un detritus. No se trata de una pérdida que se disipa: se trata de un resto irreductible que retorna, testimoniando la imposibilidad de suturar la pérdida del ser producida por la alienación, el hecho de que no hay en el Otro garantía sobre nuestro ser. Este resto es lo que Lacan va a llamar «la verdad de la estructura: el objeto a» (Lacan, 1966-67, p. 107).

Este objeto a, producido aquí como detritus del ser rechazado, no es otro que el que situamos en el apartado anterior como resto de la separación: en ambos casos cae de la intersección de dos faltas —la del sujeto, que no es, y la del Otro, que no garantiza ese ser, S(Ⱥ)—, y en ambos se produce la caída de un resto irreductible. Lo que el Seminario XI hacía caer de la intersección de las faltas en el campo del Otro, el Seminario XIV lo muestra retornando en lo real como verdad de la estructura. Ahora que pudimos situar lógicamente la producción del objeto a como resto de las operaciones de constitución subjetiva, queda por responder la pregunta fundamental que organizará el próximo capítulo: ¿cuál es su estatuto?

Fin del capítulo 2
Capítulo 3−φ

El estatuto del objeto a

No es lo que el deseo busca. Es lo que causa la búsqueda. Un objeto que sólo opera velado, y que cae en el borde entre el sujeto y el Otro.

3.1Función y causa

Venimos ubicando a lo largo del desarrollo que el sujeto se constituye como tal a partir del encuentro con el Otro: es en el lugar del Otro como lugar de la palabra que va a surgir como sujeto, pero no adviene como un sujeto total, sino como el sujeto del inconsciente, dividido, representado por el significante. En esta inscripción se produce una pérdida, hay una parte de su ser con la que el sujeto debe pagar. Si el término ser tiene aquí un sentido preciso, es el que Lacan le da en el Seminario VI: «es lo real en la medida en que se inscribe en lo simbólico» (Lacan, 1958-59, p. 424). Esta es la operación que el capítulo anterior nos permitió formalizar como alienación. Pero ubicamos también que en este encuentro con el Otro se produce lo que en el Seminario VII situamos como el encuentro con el núcleo opaco del Nebenmensch, aquello que quedaba por fuera-de-significado, opaco incluso para quien lo porta. Con las herramientas del capítulo anterior, podemos leer ahora esa opacidad como el encuentro con la falta en el Otro: no hay en el Otro ningún significante que pueda responder por lo que soy, porque no hay en él significante que responda por su propio deseo. Leemos entonces el encuentro con la Cosa como el encuentro con Ⱥ. Ahora bien, en el borde de ese encuentro, en la intersección de las dos faltas, se produce la caída de un objeto, el objeto a, aquel que pudimos ubicar en el capítulo anterior como el producto de la operación de separación. El objetivo de este capítulo es responder: ¿cuál es su estatuto?

Lacan (1962-63) a la altura del Seminario X va a situar que hablar del término objeto es hacer un uso metafórico del mismo (p. 98), puesto que «se escapa en el plano de nuestra aprehensión» (p. 115). Sitúa en este mismo seminario que estos objetos son «en efecto, anteriores a la constitución del estatuto del objeto común, comunicable, socializado» (p. 103). Es por eso que a este objeto lo va a designar con una letra:

A este objeto lo designamos con una letra. Tal notación algebraica tiene su función. Es como un hilo destinado a permitirnos reconocer la identidad del objeto en las diversas incidencias en las que se nos manifiesta.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 98

Lo que la letra permite reconocer es una identidad de función, en las distintas formas en la que se nos manifiesta, en las distintas modalidades de retorno en lo real: estos objetos «corresponden a las cinco formas de la pérdida, de Verlust, que Freud designa en Inhibición, síntoma y angustia» (Lacan, 1962-63, p. 103), la pérdida que surge en el encuentro con el Otro, en los distintos niveles de la constitución del aparato psíquico y del cuerpo pulsional. Podemos situar aquí la necesidad lógica que lleva a Lacan a escribir (a): solo una letra puede sostener la identidad de ese objeto que cae en la intersección entre las dos faltas, en el momento en que el sujeto se encuentra con la falta del significante que lo identifique como tal en el nivel del deseo del Otro.

Ahora, ¿qué relación mantiene el deseo con este objeto que no se deja aprehender? Lacan (1962-63) va a situar a este objeto como el objeto causa del deseo.

El objeto a no debe situarse en nada que sea análogo a la intencionalidad de una noesis. En la intencionalidad del deseo, que debe distinguirse de aquella, este objeto debe concebirse como la causa del deseo. […] El objeto a está detrás del deseo.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 114

La definición del objeto a como causa permite situar que lo que vehiculiza el deseo no es un objeto en tanto que está delante. Aquello hacia lo que el deseo se dirige, el objeto que situamos desde el primer capítulo como estructuralmente perdido y que el deseo busca reencontrar en la serie de los objetos que vienen a su lugar, está siempre delante, y siempre inalcanzable. Pero el objeto a no es ese objeto que se busca, sino que es estrictamente lo que causa la búsqueda.

3.2El objeto cesible y la estructura de borde en los diferentes niveles

Situado el objeto a como causa, resta precisar de qué orden es ese objeto que no se deja aprehender. El objeto a, tal como lo sitúa Lacan (1966-67) a la altura del Seminario XIV, resulta de una operación de estructura lógica, de un corte que se opera en el encuentro del sujeto con el Otro y su falta. No se trata de un recorte de lo vivo, del cuerpo biológico «en el sentido confuso que conserva para nosotros el término cuerpo» (p. 13), sino de aquello que Lacan sitúa allí como «el seno, el escíbalo, la mirada, la voz, esas piezas separables y, no obstante, radicalmente ligadas al cuerpo» (p. 13). Son aquella «parte de nosotros mismos que está atrapada en la máquina y que es irrecuperable por siempre jamás, objeto perdido en los distintos niveles de la experiencia corporal donde se produce su corte» (Lacan, 1962-63, p. 233). El cuerpo del que aquí se trata no es el cuerpo especular, aquel que se totaliza en la imagen del espejo y del que el a queda excluido:

Esta parte residual […] es el a. […] queda tras el corte, algo comparable a la banda de Moebius que no tiene imagen especular.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 111

Se trata de aquel cuerpo que fuimos ubicando a lo largo del desarrollo como el cuerpo pulsional: ese cuerpo como borde que se constituye alrededor de un vacío, en el encuentro del sujeto con el Otro. Es en este intervalo que se produce el corte, el a como caída, como resto de la operación.

El objeto a tiene entonces la función de designar estos objetos que se vuelven separables en el encuentro del sujeto con el Otro y su falta. A la altura del Seminario X, Lacan (1962-63) los concibe como objetos cesibles (p. 342) que surgen en los distintos niveles de la constitución del aparato, y los sitúa como elementos amboceptores:

Cuando digo amboceptor destaco que es tan necesario articular la relación del sujeto materno con el seno como la relación del lactante con el seno. El corte no pasa en los dos casos por el mismo lugar.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 181
Ni adentro ni afuera El objeto a no está del lado del sujeto ni del lado del Otro. Está en el borde. De ahí que pueda cederse.

Se trata de objetos que sólo pueden cederse porque están adosados a ambos campos: «son separables porque tienen ya anatómicamente esa característica de ser algo adosado, porque están ahí enganchados» (Lacan, 1962-63, p. 180). Esto permite precisar su lugar topológico. El objeto a no está del lado del sujeto ni del lado del Otro: se sitúa en el borde.

Este estatuto de borde es lo que permite comprender por qué Lacan puede establecer una serie. Los objetos a corresponden a la serie que citamos al comienzo: el seno, el escíbalo, la mirada, la voz, esas piezas separables y sin embargo radicalmente ligadas al cuerpo. Ahora bien, lo decisivo de esta serie no es la particularidad de cada uno de estos objetos, la forma en que se recorta en el nivel oral, anal, fálico, escópico o invocante, sino que todos ellos sostienen una misma función: la del resto cesible que cae en el borde del encuentro con el Otro. Es esta identidad de función, y no una semejanza entre las formas, lo que autoriza a Lacan a escribirlos con una sola letra.

En cada uno de estos niveles se repite la misma operación que el capítulo anterior nos permitió formalizar: el sujeto cede el objeto que cae en la intersección de las dos faltas, y al cederlo se hace a sí mismo causa del deseo del Otro. El seno que se suelta en el destete, el escíbalo que se da o se retiene bajo la demanda, la mirada que cae fuera de la imagen, la voz que resuena en el vacío del Otro, son todas modalidades de ese trocito del sujeto que, como el carretel, se desprende sin dejar de ser suyo, y con el que el sujeto se aloja en la falta del Otro. En el nivel escópico, la tercera modalidad del juego que Freud sitúa en la nota al pie nos ofrece una ilustración clara: el niño hace desaparecer su imagen en el espejo, se sustrae él mismo del campo visual del Otro, se hace faltar a la vista. Lo que allí se cede no es la imagen que desaparece, i(a), sino ese resto que la sustracción de la imagen hace operar como causa: la mirada, que cae precisamente fuera de lo especularizable. En este sentido, Laznik y Lubián (2009) señalan que, al sustraerse de la imagen, el niño «de objeto mirado pasa a ser la mirada de nadie», y que en el lugar de la mirada se erige un «agujero negro» (p. 190), lugar privilegiado para situar la angustia.

Ahora bien, si la caída del objeto abre ese lugar de angustia, es también en relación con ella que el objeto cesible revela su alcance. Lacan (1962-63) lo formula con precisión: «El objeto a que funciona en su fantasma, y que les sirve de defensa contra la angustia, es también, contra todas las apariencias, el cebo con el que retienen al Otro» (p. 61). El objeto cedido opera como cebo, como aquello que el sujeto ofrece en el lugar de la falta del Otro para retenerlo, y es por esta vía que en los distintos niveles, salvo en el fálico, el objeto viene a funcionar en posición fálica, como suplencia de (−φ).

La función del falo como imaginario funciona por todas partes, en todos los niveles que he caracterizado mediante cierta relación del sujeto con el a. El falo actúa por doquier con una función mediadora, salvo allí donde se lo espera, en particular en la fase fálica.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 280

El nivel fálico constituye así la excepción que ordena la serie: allí no hay objeto positivo que ceder, sino la falta misma, la hiancia en la imagen especular que Lacan designa con la notación (−φ), y es precisamente por eso que los demás objetos pueden venir a su lugar.

Esto es lo que el hallazgo clínico del obsesivo nos permite situar: Lacan (1962-63) ubica que el deseo del obsesivo funciona como suplencia de lo que le es imposible suplir en otra parte, y que para ello hace funcionar el objeto anal como tapón (p. 346) de aquella falta que se le presenta en el nivel fálico, la falta de un significante que lo designe como hombre o mujer. Si es el objeto anal el que se presta a esta operación, es porque su cesión está desde el origen estructurada por la demanda del Otro: en ese nivel, lo que el sujeto tiene que dar ya es lo que él es (p. 355), y el don que puede darse o retenerse deviene así el material privilegiado para taponar la falta.

Reencontramos así, en el registro del cuerpo y sus bordes, aquello que venimos sosteniendo desde el comienzo de este trabajo: el objeto a no es un resto que se pierde, sino un resto que opera. Ese objeto que cae en la intersección de las dos faltas, la del sujeto que no es y la del Otro que no garantiza ese ser, es precisamente lo que representa al sujeto en su real irreductible y lo que lo sostiene como deseante. No es aquello hacia lo cual el deseo se dirige, sino aquello que, cayendo, causa al sujeto como deseante. A estos objetos que caen como resto en los distintos niveles del encuentro con el Otro, Lacan los va a nombrar, a la altura del Seminario XIV, «puntos de goce» (Lacan, 1966-67, p. 135). Son los objetos que caen causando el deseo, pero que lo causan en tanto perdidos, velados: su presencia conlleva la angustia, porque presentifica un goce que se sitúa más allá de los límites del sujeto. Es por esto que, como defensa ante la angustia, estos objetos vienen a funcionar como sostén del deseo enmarcados en el fantasma.

3.3El fantasma como soporte del deseo y sus vacilaciones: acting out y pasaje al acto

El fantasma es una escena que se ubica por completo en el campo del Otro:

El fantasma, apoyo de mi deseo, está en su totalidad del lado del Otro. Lo que ahora está de mi lado es lo que me constituye como inconsciente, a saber, Ⱥ, el Otro en la medida en que yo no lo alcanzo.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 36

Del lado del sujeto no queda ningún sostén: queda Ⱥ, la falta de garantía. El fantasma, la fórmula simbólica que Lacan escribe ($ ◇ a), funciona entonces como defensa y como sostén del deseo: recupera, fija en una escena los objetos que fueron cayendo en los distintos niveles del encuentro con el Otro, los enmarca y los vela. Es precisamente ese velamiento el que les permite sostenerse como objetos causa de deseo, ya que su presencia sin velo implicaría un acercamiento a das Ding, la presentificación de un goce que rebasa los límites del sujeto. Es así que el fantasma le permite al sujeto constituirse en lo que Lacan llama la escena del Otro: el lugar donde «el hombre como sujeto tiene que constituirse, ocupar su lugar como portador de la palabra, pero no puede ser su portador sino en una estructura que, por más verídica que se presente, es estructura de ficción» (Lacan, 1962-63, p. 129), escena que se distingue del mundo puro, allí donde lo real se precipita.

El fantasma como velo y como marco. El objeto sostiene la escena precisamente desde su elisión.

Ahora bien, lo propio de esta escritura del fantasma es que el objeto a no figura en ella como presencia:

El funcionamiento del fantasma implica una síncopa temporalmente definible de la función del a, que por fuerza se borra y desaparece en una determinada fase del funcionamiento fantasmático.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 236

El objeto a no está en el fantasma como algo que se muestra, sino como algo que, en el momento mismo en que el fantasma opera, se eclipsa. Y es el propio Lacan quien funda en esta síncopa la función de causa que situamos en 3.1: «cada vez que nos encontramos ante este funcionamiento último de la causa, tenemos que buscar su fundamento y su raíz en este objeto oculto en tanto que sincopado» (Lacan, 1962-63, p. 236). El objeto se eclipsa para operar como causa: situado detrás del deseo, motoriza la búsqueda cada vez que el sujeto bordea el vacío de su ser.

Es por esta vía que el fantasma opera a la vez como velo y como marco: el velo es el efecto mismo de esa síncopa por la cual el a se sustrae de la escena para sostenerla, y el marco es el borde que esa sustracción delimita. Lacan (1962-63) lo ilustra con una metáfora muy clara: el fantasma es como un cuadro que viene a situarse en el marco de una ventana, donde de lo que se trata es de no ver lo que se ve por la ventana: se trata de la relación del fantasma con lo real (p. 85). Es lo que el sueño del Hombre de los Lobos nos permite ubicar: el fantasma revelado en su estructura, como la hiancia súbita de una ventana (p. 85).

Es en este sentido que, a la altura del Seminario XIV, Lacan va a situar que la realidad humana «no es otra cosa que montaje de lo simbólico y de lo imaginario», y que el deseo, que está en el centro de ese marco que llamamos realidad, «es también lo que cubre aquello que en sentido estricto es lo real» (Lacan, 1966-67, p. 17). Si la escena se sostiene, entonces, a condición de mantener el objeto elidido, podemos ubicar el surgimiento de la angustia allí donde esa elisión falla, donde «la falta viene a faltar» (Lacan, 1962-63, p. 52).

Es en este punto que el recorrido nos permite recoger una articulación que Lacan propone al comienzo del Seminario XIV y que reúne aquello que fuimos situando a lo largo de este trabajo. Allí se pregunta qué es lo que el fantasma usa, qué es aquello que está «listo para usar», y responde que se trata de una superficie:

Esta superficie que denomino burbuja tiene estrictamente dos nombres: el deseo y la realidad. Es muy inútil molestarse en articular la realidad del deseo, ya que primordialmente el deseo y la realidad mantienen una relación de estructura sin corte […] hay una sola y misma estofa que tiene un reverso y un anverso.

Lacan, 1966-67 — Seminario XIV, p. 14

Se trata, precisa Lacan, de superficies cerradas que participan de la burbuja pero que no son esféricas. Encontramos aquí, en otro nivel, la misma lógica que el apartado anterior nos permitió situar a propósito del objeto. Si el objeto a no está del lado del sujeto ni del lado del Otro, sino en el borde, deseo y realidad tampoco son dos campos que hubiera que articular, sino anverso y reverso de una misma estofa. Es por esto que el fantasma puede operar a la vez como marco de la realidad y como sostén del deseo: no se trata de dos funciones distintas, sino de las dos caras de una misma superficie.

La burbuja: una superficie cerrada que no es esférica, porque se cierra alrededor de un vacío. Deseo y realidad no son dos campos distintos: son anverso y reverso de una misma estofa.

Si nos permitimos extender esta articulación, podemos proponer una lectura que anuda el recorrido completo de esta tesis. Aquella superficie cerrada que Lacan llama burbuja no es una esfera precisamente porque está agujereada: se cierra alrededor de un vacío. Y ese vacío es aquel que situamos en el primer capítulo, el que Freud dejó esbozado en el complejo del Nebenmensch y que Lacan formalizó como das Ding, ese fuera-de-significado en función del cual el sujeto conserva su distancia y se constituye. La superficie donde el fantasma se monta se cierra en torno a aquello mismo que el aparato psíquico bordea desde su constitución. Y el objeto a no es ese agujero: es lo que se recorta en el borde, el resto que cae del corte sobre esa superficie, aquello que permanece elidido para que la escena se sostenga.

Ahora bien, esa elisión puede fallar. «Lo real nunca es más que vislumbrado, vislumbrado cuando vacila la máscara, la del fantasma» (Lacan, 1966-67, p. 17). Podemos preguntarnos entonces, siguiendo a Lacan (1962-63): ¿qué sucede cuando los objetos a no logran ser enmarcados por el fantasma? Nos encontramos con los fenómenos clínicos que Lacan llama acting out y pasaje al acto. En el acting out, el objeto que debía permanecer elidido se muestra: «lo esencial de lo que es mostrado es aquel resto, su caída, lo que cae del asunto» (Lacan, 1962-63, p. 138). Se trata de una mostración dirigida al Otro, que permanece en la escena, esbozo de transferencia que demanda ser leído; sin embargo, no es el contenido del acting out lo que debe interpretarse de manera inmediata. Lo que importa es el manejo de la transferencia, es decir, hacer entrar la causa en el análisis como motor de las asociaciones: «poner el caballo a dar vueltas en el picadero» (Lacan, 1962-63, p. 139).

En el pasaje al acto, en cambio, el sujeto se identifica totalmente con el a como caída; es, esencialmente, lo que realiza la frase «dejarse caer». Cumplidas las dos condiciones que Lacan sitúa en el caso de la joven homosexual, «la absoluta identificación del sujeto con el a, al que se reduce» y «la confrontación del deseo y la ley» (Lacan, 1962-63, pp. 124-125), el sujeto ya no puede figurar en una escena que se sostiene manteniendo el resto en elisión: se deja caer, se identifica con el a como caída y rechazo, «se precipita y bascula fuera de la escena» (Lacan, 1962-63, p. 128) hacia el mundo.

Tres posiciones Elidido en el fantasma · mostrado en el acting out · caído de la escena en el pasaje al acto.

Lo que el fantasma sostiene elidido, el acting out lo muestra dirigiéndose al Otro. En el pasaje al acto, en cambio, ya no hay mostración ni llamado: el sujeto, identificado al resto, queda fuera de la escena en la que podía sostenerse como tal. Las dos vacilaciones confirman, por la negativa, aquello que este recorrido vino sosteniendo: aquella pérdida que situamos como estructural en la obra de Freud, y que las operaciones de constitución subjetiva nos permitieron formalizar como resto, encuentra su estatuto en un objeto que sólo opera velado, causa que sostiene el deseo a condición de no presentarse. Queda planteada entonces la pregunta que orientará nuestro capítulo final: ¿desde qué lugar debe operar el analista para que ese objeto pueda ser puesto en función en la cura?

Tres posiciones del objeto respecto de la escena. En el fantasma está elidido: sostiene la escena desde su ausencia. En el acting out está mostrado: sube a la escena dirigiéndose al Otro. En el pasaje al acto cae fuera de la escena: el sujeto se identifica con él y bascula hacia el mundo.
Fin del capítulo 3
Capítulo 4a → analista

El lugar del analista

Si con Lacan podemos leer, en los dos fenómenos clínicos que situamos, que lo importante de lo que se repite en el acting out —e incluso podemos decir también en el pasaje al acto— es lo que se pierde, entonces podemos sostener, con Laznik y Lubián (2009), que la operación de separación, que produce al sujeto no como falta sino como pérdida, constituye su verdad (p. 189). El sujeto no es solamente un sujeto en falta, marcado por la hiancia que la alienación inaugura: es un sujeto que se constituye cediendo, perdiendo, dejando caer ese resto que lo representa en su real irreductible. Esta distinción entre la falta y la pérdida, que el recorrido de esta tesis permite fundamentar desde la vivencia de satisfacción freudiana hasta la operación de separación, es la que orienta la dirección de la cura.

Nosotros, como analistas, con nuestro deseo de analista, sostenemos abierta la hiancia: ese espacio donde, de lo que se dice, de lo que el sujeto actúa en transferencia, de lo que se repite gracias a la existencia del significante, nada podemos decir hasta que no se haya producido, entre lo que el sujeto dice y lo que busca, el intervalo. Es allí donde, al fin y al cabo, vamos a buscar al sujeto en su diferencia absoluta, en su real irreductible, más allá del fantasma que lo defiende y lo coagula. La fórmula no es casual: es la que Lacan reserva para el deseo del analista al cierre del Seminario XI, cuando indica que éste no es un deseo puro, sino

un deseo de obtener la diferencia absoluta, aquella que interviene cuando, confrontado con el significante primordial, el sujeto accede por primera vez a la posición de sujeción a él.

Lacan, 1964 — Seminario XI, p. 284

Y es aquí donde la tesis se cierra sobre sí misma: la diferencia absoluta es el término con el que definimos, en el capítulo 2, el rasgo unario, ese primer significante al cual el sujeto se identifica para advenir en el campo del Otro. El análisis conduce entonces al sujeto de vuelta al punto de su constitución, allí donde el significante lo marcó y lo petrificó, pero esta vez no para repetir la alienación sino para operar la separación: para que el sujeto pueda situarse respecto de esa marca de otro modo que coagulado bajo ella.

Pero una segunda pregunta surge entonces: ¿qué lugar para el analista en esa operación? Podemos tomar de los desarrollos de Laznik y Lubián (2009) que el carretel, que representa al niño en tanto objeto perdido, «será el soporte para transferir a un objeto “del mundo” el lugar de objeto caído» (p. 190). Consideramos que es este movimiento el que permite sostener lo que Lacan formula: «El a, en el camino trazado por el análisis, es el analista» (Lacan, 1966-67, p. 132). Así como el niño del Fort-Da transfiere al carretel el lugar del objeto caído para poder operar con su pérdida, el análisis ofrece al sujeto un dispositivo en el que ese lugar puede ser transferido: el analista viene a ocupar el lugar de objeto caído, haciendo semblante de objeto causa de deseo (Lerner, 2017, p. 36). No se trata de que el analista sea el objeto, sino de que se preste a funcionar en su lugar, y Lacan precisa en qué consiste esa función: «El analista debe abandonar esa idealización para servir de soporte al objeto a separador» (Lacan, 1964, p. 281). El mecanismo fundamental de la operación es el mantenimiento de la distancia entre el ideal que el sujeto llama al analista a encarnar y ese objeto que lo causa como falta (p. 281). El analista no viene entonces a colmar la hiancia inaugural del sujeto, puesto que el objeto a «no franquea jamás esa hiancia» (Lacan, 1964, p. 278): se sostiene en su borde.

Es desde ese lugar que puede situarse la operación. Lacan formula la pregunta con precisión:

¿Qué sucede cuando el sujeto comienza a hablar al analista, al analista, esto es, al sujeto al que se supone saber, pero de quien se sabe que aún no sabe nada? Al analista se le ofrece algo que necesariamente cobra primero la forma de demanda. Pero, ¿qué demanda el sujeto?

Lacan, 1964 — Seminario XI, p. 277

El sujeto demanda en torno a aquello que le falta; más aún, como vimos con el neurótico, «el verdadero objeto que busca el neurótico es una demanda que quiere que se le demande» (Lacan, 1962-63, p. 62), y es haciéndose ser el objeto de esa demanda que se defiende de la angustia, aunque se trate, como Lacan advierte, de «un a postizo» (pp. 60-61). Si el analista responde a esa demanda, la colma y la clausura, deja al sujeto capturado en el circuito de la demanda, suturado en ese plano, sin acceso siquiera a la falta que la causa. La posición del analista es otra: entrar en el juego allí donde el sujeto apela a la demanda, sin responder a ella. Lacan describe con precisión lo que esa abstención produce:

En la medida en que dejan sin respuesta la demanda […] se produce aquella sucesión de las demandas que va hacia una demanda cada vez más original, históricamente hablando, y entonces se modula la regresión en cuanto tal.

Lacan, 1962-63 — Seminario X, p. 63

Sosteniendo la hiancia abierta, el analista permite que la demanda se despoje regresivamente de sus contenidos: «en la medida en que se agotan, llegan hasta el final, hasta el fondo, todas las formas de la demanda hasta la demanda de cero, vemos aparecer en el fondo la relación de castración» (Lacan, 1962-63, p. 63). Ya no se demanda esto o aquello: queda desnuda la falta que la causaba. Es lo que Lerner (2017) trabaja como la construcción de un envoltorio significante del objeto (p. 37): no revelarle al sujeto cuál es el objeto que su fantasma sostiene en síncopa, sino permitir que ese objeto llegue a situarse en su función de causa. Es este movimiento, el pasaje de la falta a la pérdida, el que se produce en un análisis: de la falta que la demanda vela y desplaza, a la pérdida que el sujeto puede asumir como propia, como aquello que lo causa.

Y es al término de ese recorrido que el analista, habiendo ocupado ese lugar, debe caer él mismo como resto de la operación. Es lo que Lacan formaliza en la Proposición del 9 de octubre de 1967, donde sitúa el paso del psicoanalizante al psicoanalista como una puerta «cuyo gozne es ese resto que hace su división» (Lacan, 1967, p. 272): en ese vuelco, el sujeto ve zozobrar la seguridad que le daba el fantasma (p. 272), esa ventana sobre lo real que situamos en el capítulo anterior, y el analista, destituido como sujeto supuesto saber, se reduce al objeto que causó el trabajo analítico y que, cumplida su función, cae, «reducido él y su nombre, al significante cualquiera» (Lacan, 1967, p. 272).

La misma lógica que esta tesis siguió desde el comienzo, la del resto que cae de la operación, alcanza así al dispositivo analítico mismo: el análisis no es una operación que escape a la estructura que revela, sino su puesta en acto. Al caer, el analista restituye al sujeto en su posición de deseante: no ya sostenido por el fantasma que lo defendía del encuentro con la causa, sino advertido de que aquello que lo causa es un resto, su resto, aquel que la operación del significante sobre lo real produjo y que esta tesis se propuso escribir: el objeto a, la letra con la que Lacan escribe los bordes de das Ding.

Lo que queda abierto La articulación del objeto a con el goce y la repetición; su estatuto en las psicosis y sus modos de retorno en lo real.

Este recorrido privilegió la vertiente del deseo y la causa y se detuvo en el Seminario XIV. Quedan planteadas como continuación posible la articulación del objeto a con el goce y la repetición, y la pregunta por el estatuto del objeto a en las psicosis en sus modos de retorno en lo real.

Fin del capítulo 4
Conclusiones(a)

Conclusiones

La presente tesis se propuso un objetivo claro: situar cuál es la necesidad lógica que llevó a Lacan a postular el objeto a. Luego de este recorrido, entiendo que esa necesidad radica en una pregunta que comenzó Freud: ¿cuál es la causa de los síntomas, de aquello que el sujeto repite en análisis? Esa pregunta lo llevó de lleno a encontrarse con el deseo y a figurar un aparato psíquico gobernado por la lógica del significante. Pero hay un punto en el que Freud se detiene, y él mismo lo declara: la castración, esa roca de base (Freud, 1937, p. 253) con la que topa toda indagación analítica. Lacan retoma ese punto y va más allá: intenta darle un estatuto lógico a ese objeto núcleo del deseo, a partir de su tesis del inconsciente estructurado como un lenguaje, situando al sujeto como efecto de la operación significante, y al objeto a como su resto.

La respuesta La necesidad lógica que lleva a Lacan a postular el objeto a es el intento de dar estatuto lógico a esa causa.

La necesidad lógica que lleva a Lacan a postular el objeto a es, entonces, el intento de dar estatuto lógico a esa causa.

01El estatuto

Ahora bien, ¿cuál es ese estatuto? El objeto a es un objeto inaprensible, inasimilable, que sin embargo cae como resto cada vez que se entabla la palabra, temporalidad que Allouch (2000) sitúa en esa expresión donde la moneda cae al cortarse la comunicación, y que representa al sujeto en su real irreductible. No se recorta del cuerpo biológico ni del cuerpo de la imagen, sino de ese cuerpo pulsional que se constituye como borde alrededor de un vacío en el encuentro con el Otro. Y no está del lado del sujeto ni del lado del Otro: se encuentra en el intervalo, en el borde, y es esta la lógica que Lacan intenta trazar con la idea del elemento amboceptor. Un objeto que sólo puede caer porque participa de los dos campos sin pertenecer a ninguno, y que por eso mismo mantiene una relación irreductible con el campo del Otro: cae en la intersección de la falta en ser del sujeto y de la falta de garantía en el Otro. Su estatuto no es el de un objeto-meta sino el de un resto-causa: no aquello que el deseo busca, sino lo que causa la búsqueda, y que sólo puede sostener esa función a condición de permanecer velado.

Es también por eso que se trata de un objeto cesible. No es solamente algo que se pierde: es un trocito del sujeto que se desprende sin dejar de ser suyo, y que el sujeto puede poner en juego. Al cederlo se hace a sí mismo causa del deseo del Otro, y es en ese punto donde el sujeto deja de ser solamente un sujeto en falta para constituirse como pérdida.

02Lo que la clínica vuelve legible

Es en los fenómenos clínicos donde esta función se vuelve legible. Cuando el fantasma vacila, lo que se muestra en el acting out o lo que el sujeto realiza en el pasaje al acto no es un objeto que el deseo hubiera querido alcanzar: es lo que cae, el desecho, el resto. Y es precisamente por eso que podemos leer allí la causa. Lo que se repite no es la búsqueda de un objeto perdido, es la pérdida misma. Esa es la razón por la cual, en la dirección de la cura, no es el sentido de lo que el sujeto dice lo que orienta la operación analítica, sino ese resto que la causa.

03Qué escribe Lacan cuando escribe (a)

Podemos responder entonces la pregunta con la que abrimos este trabajo: qué escribe Lacan cuando escribe (a). Escribe una letra, porque ese objeto se sustrae a toda aprehensión y sólo se manifiesta en sus diversas incidencias, en las formas en que se recorta en cada nivel del encuentro con el Otro. Lo que la letra sostiene no es una semejanza entre esas formas sino una identidad de función: la del resto que cae en el borde y que, cayendo, causa el deseo. La letra es el hilo que permite reconocer esa función allí donde el objeto se nos presenta cada vez de otro modo.

A ese resto que no se puede aprehender se le intenta, sin embargo, dar una envoltura significante, hacerlo pasar a la palabra. Es lo que Lerner (2017) trabaja en esos términos y aquello que Freud, con las construcciones en el análisis, había situado como tarea del analista allí donde el recuerdo no acude. Ese pasaje es el movimiento que va de la falta a la pérdida: esa pérdida que, en quien se propone ser analista, se convierte en causa de su deseo.

Fin
Cierre✦

Agradecimientos

A cada profesor que me transmitió el psicoanálisis, le estoy eternamente agradecido.

A mis viejos, por ser sostén, por el amor, por transmitirme los valores que me hacen ser quien soy. A mi hermano, por ser un pilar fundamental en mi vida.

A Delfi, por empujar conmigo, por devolverme esa mirada que me hace creer en mí, por este amor tan sano.

A mis abuelos, por tener la suerte de poder compartir esta alegría con ustedes. A mis tías, tíos y primos.

A mis amigos, que para mí son familia, y en especial a Maca, con la que compartimos esta pasión.

Gracias, por estar, y hacérmelo saber.

Anexo · Seminarios IX, X y XIV

La topología del corte

Estas superficies se presentan aquí en su valor ilustrativo: permiten concebir intuitivamente algo que el texto afirma — que hay un objeto que cae del corte y que no tiene imagen en el espejo. El estatuto demostrativo que la topología tiene en la enseñanza de Lacan excede el alcance de esta tesis.

El recorrido de abajo va en el orden del argumento y dice, en cada paso, de qué parte de la tesis viene lo que se está viendo. Se puede seguir paso a paso o dejarlo y explorar las superficies por cuenta propia.

Cross-cap
Arrastrá para rotar · rueda para acercar

Superficie Línea del corte Borde

Identificación con torsión El corte Segunda vuelta

Los esquemas de la operación

Seminarios X y XI · cómo se escribe lo que la topología muestra

Antes de la superficie, Lacan escribe. Estos cuatro esquemas condensan el recorrido del capítulo 2 y del 3: de dónde sale el resto, con qué lógica, y cómo queda alojado en el fantasma.

Tres posiciones del objeto respecto de la escena

Seminario X · fantasma, acting out, pasaje al acto

El fantasma se sostiene a condición de mantener el objeto elidido. Cuando esa elisión falla, el objeto aparece — y aparece de dos maneras distintas, que no son grados de una misma cosa sino posiciones diferentes respecto de la escena.

Aparato crítico

Citas, bibliografía y matemas

01Índice de citas

Todas las citas del cuerpo de la tesis, reunidas. Filtrá por fuente.

02Matemas

a
Objeto aResto de la operación del significante sobre lo real. No es lo que el deseo busca: es lo que causa la búsqueda.
$
Sujeto divididoEl sujeto barrado por el significante que lo representa. Adviene sólo dividido.
A
El OtroLugar del significante, campo que preexiste al sujeto y donde éste debe advenir.
Ⱥ
Otro barradoEl Otro en tanto falta en él el significante que responda por el ser del sujeto.
S(Ⱥ)
Significante de la falta en el OtroEscritura de que no hay garantía: ningún significante del Otro puede responder por lo que soy.
$ ◇ a
FantasmaSujeto dividido en relación al objeto. El losange escribe a la vez el velo y el marco.
S₁
Rasgo unarioEl primer significante, diferencia absoluta. Marca a partir de la cual algo puede contarse como Uno.
−φ
Falta fálicaLa hiancia en la imagen especular. Excepción que ordena la serie de los objetos.
i(a)
Imagen especularEl cuerpo que se totaliza en el espejo, y del que el objeto a queda excluido.

03Referencias bibliográficas

Necesidad lógica y estatuto del objeto a en la enseñanza de Lacan
Santiago Pedro Gola · Tutor: Eduardo Urbaj · UBA · 2026